Ganas (y un puñado de polvos)

Que dan ganas,

de aguantar el recuerdo,

de agarrarse a la rama,

de contar las heridas.

 

De aferrarse al tropiezo

de coger tu cintura,

de morderte la esencia,

de arrancarte a jirones.

 

De meterme en tu cuarto,

de que abramos un vino,

de metértelo todo,

de salir a tu encuentro.

 

Pero ya sólo quedan

unos cuantos abrazos

un puñado de polvos

un noquieroynopuedo

 

Porque ya sólo quedan,

el naufragio y los restos.

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Nada peor

​Nada peor,

que herir sin dejar huella,

marcar sin dejar marca,

besar sin una pista,

huir sin dejar rastro,

morir sin darse cuenta.

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Bandera blanca

Nunca fue fácil

ni siquiera contigo,

agarrada a mi mano,

Apriétame fuerte

Me decías

 

Y ahora,

volviendo a caer,

mina la esperanza,

en muñones pequeños,

imperceptible horror

 

Aleppo a mis pies,

ira, sangre y miedo,

amor de metralla,

grita fuego,

heridas del viento.

 

Tira ya de la anilla

del paracaídas,

que una vez compartimos.

El campo de guerra muestra hoy, de nuevo,

bandera blanca

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año I

Veo a gimnastas desperdigadas por el pabellón. Altas, esbeltas, soviéticas.

Casi estalinistas.

Diosas. Ceres. Esclavas. Musas.

El mundo desperdigado.

Desperdigadas, esbeltas.

Mundo austero. Injusto, rajoyista.

Hoy estoy de vuelta.

Escuela rusa.

Gimnastas.

Hola.

 

 

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Marc y Laia, Laia y Marc

Donde más me gustaba a Marc apoyar su cabeza, mientras remoloneaban en la cama, era al final de su espalda. Era reconfortante para Marc sentir que apoyado en el trasero de Laia nada podía sucederle. Era suave, turgente, y a través de él podía sentir su respiración, sus alegrías y sus tristezas, también sus anhelos y sus ilusiones.  Se sentían desde esa extraña perspectiva a salvo de un ataque nuclear, solo ellos y las cucarachas se salvarían, fantaseaban, mientras un rayo entraba perpendicular  desde la ventana e iluminaba las ya de por sí sonrosadas mejillas de Laia. Me ha dado el rayo láser, decía, ahora te toca echarme un polvo por haberte portado mal con esta marciana. Reían con ganas. A Marc no le quedaba más remedio que obedecer, besar bruscamente sus glúteos, y empezar a lamer el terso cuerpo de Laia hasta echarle el polvo prometido, todavía medio soñoliento. Desde la inédita zona de confort que formaban el colchón, los haces de luces y las curvas de Laia, se reían, los domingos por la mañana, del mundo y de las cucarachas.

Se sentían tan protegidos que aliviaron las defensas y no advirtieron más trinchera que la suya.

(…)

A veces, ahora lo que quiere Marc es que a Laia le parta un rayo, y ahora lo que no quiere Laia es poner la otra mejilla; nunca fui una cristiana ejemplar, ya lo sabes, le dice ahora. Marc sigue acordándose de su inacabable espalda combada con final feliz y de sus pechos, delicados como algodón de azúcar, y dóciles como un cabritillo. Se acuerda también de sus pezones, cual botones de marfil que algún elefante trajo del Índico. Marc sigue acordándose de tantas cosas que solo quiere olvidarlas del todo. Por ahora Marc y Laia han decidido renunciar a la búsqueda de la felicidad; Marc dice que su corazón no puede ya desollarse más; Laia asiente con resignación. Siempre recordarán sus mañanas eternas de trincheras, sus noches de polvo y miel, los sueños que jamás se cumplieron. Lo que más les aterra es verse desaparecer. Saber que poco a poco sus rasgos se difuminarán el uno para el otro,  y que tarde o temprano se sentirán tan lejanos en el tiempo como una llamada a cobro revertido.

 

  • Marc y Laia está aquí
  • Y Traviata de Marc y Laia, aquí

 

 

 

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(coma)

Y entonces esto sucede así, como de esta forma, como que te veo en un marco, de fotos, estás tú, y yo, y más gente, y no te quiero ver, y me bloqueo, como ahora mismo, y no es incierto, y yo, lo que digo (coma) es que quiero una mujer (coma) que me quiera, y que me coma, y que me arrulle, y que me folle, y  (a)  (la) que (la) folle, y a la que arrulle, y son tantas cosas, dirás, desde ese marco de fotos, dirás, y yo, como siempre, que siempre diré lo contrario, diré que desde ese marco no podrás hacer nada, ni lo sé ni me importa, ni lo sé ni te importa, que desde ese marco me hiciste el más feliz de los terrestres y el peor de los celestes, y hoy la vida sigue aquí, y tú ahí, en el marco, coma, y que yo lo que deseo, coma, es una mujer que me arrulle.

Que me hago viejo.

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Predictivo

Te

veo llamo cuento digo.

Te quiero.

Es lo que tienen los teclados predictivos.

Siempre te joden cuando menos lo esperas.

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