Santos

Se me fue el santo al cielo, así que me puse mi camisa de doce y subí a buscarlo. Le noté bastante animado, charlando con otros santos y jugando a las cartas. De fondo sonaba una vieja televisión – afiné mi vista y me pareció distinguir que era una Radiola- donde algunos compañeros estaban viendo el Mundial de fútbol. – Qué tal estáis por aquí?- le pregunté.
– Bien, no nos podemos quejar, la verdad.
– Ah, pues entonces igual que nosotros con la Ley Mordaza, bromeé sin que pareciera que me entendiera nadie a juzgar por sus caras.
Mi santo me explicó que en general estaban bien
– Hombre, ya sabes es que la vida no es perfecta y que hay días mejores y peores, pero el por aquí el sol también sale todos los días, solo que lo vemos desde más cerca. Mira, asómate.
Me asomé a la ventana y vi un sol radiante y más luminoso de lo normal; sus rayos disparaban casi en horizontal. Me contó mi santo que este domingo iban a hacer un arroz al horno; habían invitado a los santos de enfrente, una especie comida de confraternización, me dijo.
-¿Aquí hay morcilla? – pregunté extrañado.

-Aquí hay de todo, hombre, aquí llega hasta Deliveroo, aunque no nos gusta lo poco que les pagan a los riders, y hasta aquí arriba, pues imagínate lo que tardan, y encima todo cuesta arriba.
– En fin, que solo venía a ver qué tal estabas porque esta mañana estaba distraído pensando en las musarañas y te me fuiste otra vez para arriba.
– Pues quédate tranquilo, que por aquí está todo bien.Bajaré de nuevo un día de estos , que ahora entre el Mundial y todo este follón de la comida, vamos a tener un poco de lío.

Me despedí de mi santo y bajé por las escaleras mecánicas atravesando algunas nubes y bordeando un par de aviones de Ryanair. Ya llegando, me crucé con un par de garzas reales y un helicóptero.
Una vez en casa, y aprovechando que me había puesto la camisa de los domingos y que hacía bueno, te llamé para ir a tomar unos vermús. Al final del día te conté lo de los santos y me volviste a decir que estaba loco, que a saber qué le ponen a esos vermús de La Violeta.
Repentinamente comenzó a llover con fuerza y vi claramente cómo chocaban contra el suelo minúsculos trozos de morcilla mezclados con arroz, para a continuación escuchar una algarabía celebrar un gol de Kempes.
– Se ve que hay alguna boda por aquí cerca, me miraste extrañada
– No tengo ninguna duda, sonreí mientras pellizcaba tu nariz de ratona

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