Cinco vinos

 

Cinco vinos tintos, excesivamente tánicos,

se encargan de recordarnos que los tiempos van despacio,

que hasta el rabo todo es toro,

que dios aprieta y ahoga,

pero también se encargan de decirnos,

al oído y como silbando,

que las sogas se pueden romper,

como el elástico de tus bragas azul turquesa

de aquella noche de reyes de mayo de 1996.

 

Es tiempo de volver al optimismo,

de decirnos a la cara: que te quiero, qué cojones,

es tiempo de follarse a empellones, y de volver a cuando fuimos

a esos bares tan cutres llenos de mugre y precipicio,

donde yo vomité mi primera cerveza y tú el primer no me olvides.

 

¿Qué tal si volvemos al espíritu jovial de las margaritas de principios de abril,

y a esas sábanas tan blancas, que de tan blancas reflejaban los albores de tus pestañas ,

qué tal leer entre tinieblas y a escondidas sin más alumbre

que el recuerdo de tu (b) risa?

 

Esos cinco vinos, o eran seis, excesivamente tánicos sin duda alguna,

nos colocan en situación complicada:

debemos decidir urgentemente,

si seguir con este tinto, alegre a pesar de su etérea astringencia,

o levar anclas a bordo de un dulce o quizá de un oloroso;

de momento pido otra Gilda (siempre de anchoas),

y brindo por ti.

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