Intromisión

Y le dijo que los días sin ella se le hacían más largos que el Nilo y de una tristeza más honda que el Amazonas, que los reflejos del arroyo de su casa brillaban menos y que echaba en falta sus muslos y su sonrisa. Le dijo también que la mayoría de los silencios no fueron discretos, sino cómplices, le dijo que echaba de menos los paseos junto al mar, con mar, el mar, le dijo tantas cosas que no le dijo. Le escribió, se hirió, se lamió, recordó, los lamidos y las excusas, los gemidos y las mentiras, las verdades y los orgasmos. La llamó y le contó, con su blanca palidez, las verdades y alegrías, los incendios y algoritmos, todo aquello, todo él. Y sin pensarlo allí fue, a su ventana, y tiró una piedra, dos, o tres, usó hasta el cañón del Colorado, lo usó hasta verla asomarse, aparecer, fugaz intromisión, y vio su sonrisa introvertida, la fugaz visión, y volvieron el reflejo del arroyo, el mar y la alegría, el incendio y la vida, y los juegos de la infancia.

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