Carl Jung

Iba montado en un tren, no sabía hacia dónde, y no podía saberlo porque era de noche.  Compartía vagón con dos estudiantes morenas- aparte de con viejas, señores de negocios, con gente que iba y que venía, con niños pequeños y también gente como él- y las chicas, las chicas no llegarían a los veinte, e iban cargadas con enormes maletas. Se fijó en que una de ellas no paraba de mirarle.  Minutos después, se metió con ellas en el cuarto de baño del tren, tras una pequeña señal, un movimiento de cuello y un tsk, era un cuarto de baño de esos de minusválidos, de esos que parecen como una nave espacial, o algo así, y se metió con ellas dos en ese cuarto de baño, mientras el tren traqueteaba. Recuerda los empellones, recuerda cómo agarraba de la coleta por detrás a una de esas dulces estudiantes, mientras la otra se limitaba a repasar para un examen que tenían al día siguiente. El violento vaivén del tren competía en violencia con los movimientos de la joven, y poco pudo recordar más que la dureza de la carne y los gritos sordos de la chica. Mientras, la otra seguía repasando concienzudamente su examen, sin hacer ningún caso a lo que estaba sucediendo a escasos centímetros de ella. Podía oler la fragancia de las dos, se mezclaba el olor a sexo con olor a apuntes, se mezclaba  el olor de la tinta y el pape lcon el sudor desprendido por el fervor ferroviario.

Se despertó del sueño excitado y sobresaltado, preguntándose qué es lo que estudiarían esas lindas jovencitas y  en qué sería tan importante como para parecer una japonesa en una peli japonesa, a medio metro del sudor y el traqueteo.  Indagaría en algún libro de Jung sobre el significado de los sueños de empellones en naves espaciales con jovencitas repasando exámenes. Seguro que Jung tenía respuestas para todo. Eran las 3 y 33 de la madrugada. Al día siguiente había que trabajar. Entró de nuevo en un apacible duermevela, desde donde intentó culminar el sueño, pero ya no había nada que culminar.

No pudo dormir. Dio un par de vueltas más y se levantó al baño. Decidió finalmente darse una ducha a las 4 y 47 de la madrugada. Dormir en esas condiciones no era en absoluto cómodo ni higiénico. Pero antes decidió dirigirse a la vieja biblioteca de su padre, que estaba repleta de libros de Jung, Freud y psicoanalistas varios.

Quizá se volvió a dormir, y tenía las manos más frías que su corazón, y eso era mucho decir. Le dijo a su secretaria que no le pasara más llamadas esa mañana. Hizo café, agarró la taza con las dos manos y miró por la ventana. Su estampa le pareció bastante patética vista desde fuera, algo que corroboró el  pájaro que le observaba:

–          Tío, eres un mierda: tu mujer te pone los cuernos con tu adjunto . Y ya ni siquiera se te levanta para follarte a tu secretaria, la de la falda corta y la nariz romana. Solo puede chupártela, y lo hace porque eres su jefe .Y  no hay nada peor que chupar una polla flácida. Ya lo sabes de sobra.

Todo esto le recordó vagamente al cuento de Wilde El Príncipe Feliz. Supuso que por el frío y por el pájaro.  La golondrina. El cuento es sobre una golondrina que quiere migrar a Egipto. El Príncipe Feliz es una estatua cubierta de oro y recuerdos , que posee zafiros por ojos y un diamante en su espada. La golondrina se lo da todo a los pobres y al final el corazón se le torna en plomo, o se rompe o qué sé yo. El Príncipe se cae del pedestal. Por circunstancias. De la vida y de las golondrinas. Y los que antes le idolatraban ahora le quieren echar a los perros.

Se despertó, otra vez. Eran casi las siete de la mañana. Llegaba tarde a trabajar. Se acordó de las veinteañeras, se acordó de Wilde, de acordó de Jung. Y notó que se tenía que haber duchado, obvio. Y que ya no le daba tiempo a ducharse. También pensó que debería soñar menos. O por lo menos leer menos a Carl Gustav Jung.

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