Armando El Escritor

Armando Juárez desconfiaba de los hombres de ojos claros. Para él, unos ojos tan transparentes no hacían sino ocultar los secretos más opacos y los sentimientos mas ruines. Armando los asociaba a los niños rudos de cejas pobladas que habitaron su infancia, y a los días en que alguno de esos niños de ojos azulados le robaban el bocadilllo del recreo, le pegaban collejas, le elegían siempre en último lugar cuando jugaban al fútbol e incluso le obligaban a acercarse a las gallinas y las cabras,  y quién sabe si a hacer algo más, porque Armando no quiere acordarse bien. Se imaginó que dejando atrás las gallinas,  los corrales, las collejas, y olvidando los olvidos, se le abriría un mundo nuevo. Armando quería ser escritor,  como Tolstoi y Miguel Delibes, y Sartre y Camus, de modo que unos años después, un buen día que ya no pudo más, agarró la maleta más grande que tenía, se despidió de madre y de padre y se posó en la ciudad bien entrada la noche.

Madrid le recibió con el incómodo silencio propio de las estaciones de autobuses en la madrugada, y con el traqueteo de vagabundos, negros, guardias de seguridad y de gente como él, mirando a todos los lados y a ninguno, sin perder de vista su maleta y con el olor a heno y a estiércol todavía en su abrigo.

Aún hoy, veinte años después, e instalado en un destartalado apartamento cerca de la Plaza de la Luna de Madrid, con un pequeño balcón desde el que se ve de todo menos la luna, recuerda las risotadas de los niños de las cejas pobladas, las humillaciones de cuando le forzaban a restregarse con las ovejas como el resto de sus amigos, y se sigue viendo como aquel bicho raro que leía a Camus y que un día escapó a la ciudad para sentirse a salvo.

Ese hombre vive hoy más muerto que vivo, intentando día tras día mirar la luna desde su pequeño balcón, y sin más compañía que el calor ocasional que follar en el lecho de las prostitutas rusas, polacas o nigerianas de su barrio en vez de con las gallinas o las cabras, no veía mucha diferencia, la verdad, con el hígado consumido por el alcohol, y acordándose de cuando enterraron a padre y madre en un intervalo de catorce días. Se olvidó pronto de Tolstoi y de Sartre, se olvidó pronto de todo, de su entusiasmo y de sus esperanzas,  la vida le empezó a consumir sin que se diera ni cuenta, y no tuvo otra forma de alejarse de sus recuerdos que acuchillando el presente.

Armando fue encontrado hoy, de madrugada en la Plaza de la Luna,  más o menos a la misma hora a la que llegó a Madrid en aquel autobús de línea, sangrando copiosamente por la nariz y con los dientes destrozados, mientras  un mendigo le quitaba la cartera aprovechando su indefensión y escuchando el sonido de ambulancia llegando a su cabeza como un mal sueño. Con los ojos todavía entreabiertos, tratando de vencer la ley de la gravedad parpádea, el médico del Samur le preguntó si podía escucharle, si sabía dónde estaba, intentando que su corazón no dejara de latir utilizando las pertinentes maniobras de reanimación, pero definitivamente hoy no era un buen día para resucitar.  Armando se había cansado de seguir huyendo, pero antes de irse logró abrir por un instante los ojos, a través de los cuales pudo ver, por primera vez en su vida, una luna llena perfecta, redonda y azulada, que le pareció la de Melies, aunque quizá no fuera la luna lo que vio esa noche ,  sino las luces de los cuatro o cinco coches de la policía que se agolpaban a su alrededor. Pero total, qué más daba ya eso, porque comprendió que había pasado tanto tiempo de su vida intentando huir de sus fantasmas que bajó la guardia, y otros fantasmas aprovecharon para acercarse demasiado.

Nadie puso demasiado empeño en saber cómo ni por qué murió. Se especuló con una sobredosis, una paliza por una deuda de drogas o la venganza del chulo de una prostituta rusa que se hacía llamar Nadiuska la Rubia. Siempre le pareció absurdo el nombre, porque todas las rusas, ya fueran rusas de verdad, lituanas, checas o rumanas,  eran rubias y porque la propia Nadiuska, la de verdad, también lo era.

Su entierro fue de lo más triste que uno pueda imaginarse, y apenas asistieron unas decenas de personas entre familiares y conocidos. Una enorme y estrafalaria corona destacaba sobre las demás, donde podía leerse: “Armando Juárez,  escritor, tus amigos de los ojos claros y las cejas pobladas, y las ovejas y las gallinas del pueblo no te olvidan. Descansa en paz”.

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