Rosa Llorens

          – Crack, craaaack, cata-crack

Los dos hermanos, uno en cada lado, intentaban inútilmente encajar el atáud en el nicho situado en una cuarta altura, balanceándolo como si se tratara de un paso en procesión.

          Venga, que a la tercera va la vencida. Unooo, dossss…

Catacrack.

Claramente o el ataúd era demasiado grande o el nicho demasiado pequeño, aunque suponemos que un nicho,  por definición, es algo pequeño, como un zulo. “Esa casa es un zulo, tu apartamento es un nicho, este sofá-cama parece un nicho, queda un nicho de mercado”. Pequeño, pues, no cabe duda, minúsculo, en el caso que nos ocupa.

A todo esto, caía en vertical una solana insoportable a las cuatro de la tarde en aquel remoto pueblo perdido en la serranía de Alicante, lleno de naranjos, cerezos y bancales. Los entierros en los pueblos de 80 habitantes son siempre algo digno de atención, más en verano, cuando las chicharras suenan más fuertes que nunca y la plaza del pueblo se convierte en el desierto de Sonora.

Los asistentes observaban la escena, mientras los dos hermanos sudaban y se aflojaban sus corbatas, no sabiendo si reír, llorar o directamente dejar el ataúd en el suelo e irse a tomar un café licor al bar. Era evidente que ninguno de los dos había nacido para costalero.

Mi madre, hasta el último día, dando guerra–  resopló el mayor, que ni siquiera en este momento se soltó el cigarrillo de la boca, dejando un olor a tabaco negro que, unido al olor a pachuli y a carmín predominante en el escenario, convertía la atmósfera en poco menos que  asfixiante.

El silencio lo interrumpió Manuela, que estoicamente se había encargado del cuidado de Rosa Llorens durante los últimos cinco años.

          Dos entierros más como éste y nos ponemos morenitos.

El  inocente comentario sirvió para aliviar los rostros, soltar alguna que otra carcajada y, oh la la, encajar el ataúd en el nicho!-

          Catacrack!!

          Ni el Tetris, oye, se oyó otra voz al fondo

          Es lo que tienen los nichos, esto con una sepultura en condiciones no pasaría- añadió la tía Jacinta desde el fondo de la platea.

          Por favor, por favor, silencio, que esto es un entierro– intervino el cura frenando en seco la barra libre que había abierto, sin quererlo, Manuela.

Rosa  Llorens había muerto  tres  días antes en Valencia, cuando salía del campo de Mestalla,  atropellada brutalmente por un Seat León que se saltó dos semáforos en rojo con música de Chimo Bayo a todo trapo y la aplastó dejándola como una rata en el asfalto. Llevaba un vestido negro riguroso que anticipada el luto que se le venía encima, eso sí, adornado con un toque de color en forma de bufanda naranja del Valencia Club de Fútbol y un largo rosario fluorescente, porque Rosa Llorens, además de ser muy futbolera, era también religiosa, aunque el balón siempre le tiró más que el crucifijo.

          Si algún día me muero, que esparzan mis cenizas sobre el campo de Mestalla.

Sabía que hablaba por hablar, porque su seguro Santa Lucía low cost a duras penas le serviría para cubrir el desplazamiento del coche fúnebre y un ataúd de tercera regional.  Así que tuvo que conformarse con un nicho en el pueblo que le vio nacer, entre risas, calima, soflamas, cofrades y las campanas del pueblo repicando.

          Niquelao, ha quedao niquelao–  soltó Manuela después de que los operarios terminaran de poner la placa, todavía con restos de cemento fresco.

          A madre le hubiera encantao este entierro, le dijo el hermano mayor al pequeño, tirando la colilla al suelo y secándose una lagrimilla bajo las gafas de sol

          Sí, esto no es Mestalla, pero poco le falta.

Y puso una bufanda del Valencia encima del nicho, tapando de paso las alturas 2 y 3 de la fila.

          Pues eso, niquelao.

          Ah, y el rosario fluorescente, que no se me olvide, que no me lo perdonaría a mí nunca la Rosa- culminó Manuela

Y  los tres se fundieron en un abrazo, volvieron a reír y, ahora sí, se fueron juntos al bar tomarse ese café licor al bar, que se lo habían ganao.

 

Rosa Llorens Buñol

1924-2013

Madre, esposa, creyente a ratos y del Valencia C.F hasta la muerte

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4 respuestas a Rosa Llorens

  1. Lorraine dijo:

    Que descubrimiento!!!
    Totalmente enganchada a tus relatos

  2. INSOMNE dijo:

    Los mejores minutos que he empleado esta mañana de agosto.
    Si.

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