Romántico de mierda

– ¡¡Eres un romántico, un romántico de mierda!!

Me gritó por segunda vez, sólo unos segundos antes de lanzarme con la maestría propia de un pitcher una botella casi vacía de ginebra que dejó sus gotas atrás como la estela de un cometa antes de estrellarse violentamente contra la estantería, donde reposaba un libro de José Ángel Mañas, eso tras un brillante ejercicio de contorsionismo por mi parte que impidió que la botella se estrellara en mi cara en vez de en la de Mañas. Merecido se lo tiene, pensé.

Sin darme tiempo a reaccionar, y cuando me escondía detrás del sofá, Amaya agarró otro objeto,  esta vez una armónica Honher, – ¡¡Eres un valiente hijo de puta!!!!- que aterrizó en el suelo emitiendo un fuerte y estruendoso sonido, y hasta me pareció que insinuó también una bonita melodía de Johnny Cash.

Que me llamaran romántico de mierda y valiente hijo de puta con un intervalo de apenas unos segundos me descolocó mucho, y seguí reptando por detrás de los sofás hasta que Amaya se apaciguara, cosa que parecía bastante difícil después de habernos bebido tres cuartos largos de botella de ginebra a palo seco y sin cenar.

          – Mira que te lo dije Amaya, que beber sin cenar es malo y se te sube enseguida a la cabeza y al corazón, le dije tapándome la cara con las manos.

A veces un intento de cita romántica con una selección musical con los mejores estándares de jazz termina convertido en un campeonato de lanzamiento libre de botellas de ginebra , que fue exactamente lo que sucedió ese día, en el que Amaya y  yo cumplíamos cuatro años exactos de relación, y empezamos a hablar y a ponernos tontorrones después de unas cervezas y mucha ginebra, y no sé en qué momento me dio por pedirle que se casara conmigo, que joder que se me ocurrió así de repente, que yo no creo en el matrimonio, pero tampoco creo en otras muchas cosas que hago todos los días, y casarse podía ser perfectamente una de ellas.

          – A ver cariño, a ti lo que te pasa es que eres un romántico. Un romántico de mierda.

Y se rió. ¡¡ Se rió !! Se rió con la boca gangosa y torcida que ni Courtney Love en sus mejores tiempos. Romántico de mierda. A mí. Pero si era ella la que me había dicho repetidas veces que un día querría casarse conmigo y tener churumbeles y esas cosas, y yo siempre dije que ya se vería con el tiempo, que poco a poco,  Amaya, que el arroz ya no se pasa tan pronto como antes , pero un día acabé cediendo a sus pretensiones y le dije que sí, que lo hablaríamos, de acuerdo, le dije que sí a todo menos a lo del chalet en Tres Cantos, que por ahí sí que no pasaba, pero a todo lo demás juro ante ustedes que le dije que sí, y ella era tan feliz cuando lo escuchaba.

Y ustedes se preguntarán, con toda la razón del mundo mientras sigo esquivando insultos y objetos voladores, que qué pasó esa noche para que actualmente nos encontremos en esta situación.

Pues bien, lo que pasó después de que ella me llamara a mí romántico de mierda, es que yo le respondí que dejara de beber ginebra, que le estaba sentando mal, y que bien que me regaló un libro de Bécquer cuando nos conocimos, no te jode. Y me lo tuve que leer y todo, y casi hacerle después un análisis de texto después.

          – Pero es que esto ya no es como antes, ya no es como antes, porque al principio todo era tan romántico y tan ilusionante, Luis (Luis, así me llamo), y ahora, míranos, bebiendo ginebra, y ya ves.

 Ya ves. Amaya, que te acabo de pedir que te cases conmigo.

         –  ¡¡Eres un gran cabrón!! ¡¡ Tú dijiste que te encantaba Bécquer!!!

Lo malo de beber mucho y querer pensar a la vez es que lo primero invalida lo segundo, y nos enzarzamos en la típica discusión bukowskiana en la que no sabes quién dijo primero qué y en respuesta a qué le contesté yo eso de más allá, y una cosa va llevando a la otra, como una barca hinchable con dos emigrantes a bordo a la deriva, y sin darte cuenta estás en una trinchera de tu propio salón, esquivando armónicas Honher y recordando tiempos pasados no necesariamente mejores ni peores y escuchando eso de no eres tú, que soy yo, que te mereces algo mejor.  Y una mierda.  Y ya les digo a ustedes que supongo que me llamaría gran cabrón por algo, que todo quizá tendría su explicación, pero en el fragor de la batalla y la botella todo pierde su sentido. Que igual me lo llamó por cualquier otro motivo, quizá justificado, o por mil cosas que no venían ahora a cuento, pero qué coño, que yo le estaba ofreciendo incondicionalmente mi corazón de hormigón armado a costa de muchas hostias bien recibidas.

Finalmente, me defendí como pude, aplaqué a la bestia  de nombre Amaya y apellido Pérez, y nos quedamos dormidos en el sofá, con el New York Jazz Lounge invadiendo nuestros últimos segundos de vigilia, y posteriormente trasladar nuestros cuerpos directamente a la cama cual robots limpiadores, chocándonos contra todo lo imaginable.

Y.

A la mañana siguiente, la anteriormente conocida como bestia parda de los infiernos saltó dulcemente sobre mí , me inmovilizó con una llave digna de una cinturón negro de judo, y, sonriéndome todavía con media boca torcida y una aliento apestoso, pero ahora mucho más sexy y desenfadada, sin sujetador y con los pechos todavía soñolientos, me dijo:

          – Luis, que perdona lo de ayer. Que se me fue la pinza. Que si me dejas regalarte otro libro de Bécquer, que es que ya sabes lo mal que me sienta la ginebra.

Así que me desembaracé de la cachorra juguetona y jovial como pude, que mi trabajo me costó, porque yo estaba muerto de sueño y con una resaca del infierno, me di la vuelta,  e hice el amago de volver al sueño. La cachorra juguetona hizo lo mismo. A los pocos segundos, rodeó  mi cintura con sus brazos y mientras me besaba el cuello, me dijo:

         –  Oye , entonces es verdad eso de que quieres casarte conmigo?

 Y apoyó suavemente su cabeza sobre mi pecho, y pude sentir su cabellera morena rozando mis pezones, mientras yo, estupefacto, resoplando y mordiéndome el labio, fijé la mirada sobre el techo.

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