Telas de araña

– Anda, no me saques los calores

Le dijo a Javier mientras sonreía y se ruborizaba fruto de su propia ocurrencia. Sus pómulos, ahora sonrosados, la hacían todavía más atractiva. Marta sostenía con una mano una copa de pie alargado que parecía ser un Martini blanco y con la otra, un Chester recién empezado. Javier estaba enamorado de ella hasta los huesos, aunque nunca se había atrevido a acercarse a ella lo bastante como para comprobar si era cierto. Existe una expresión anglosajona- to be head over heels in love –que define eso tan complicado de definir que es estar enamorado.  O estar en Babia (provincia de León), estar en otras cosas, colado, colgado, feliz, enamorado-. Esa expresión– to be head over heels in love- viene a traducirse como algo así como tener los tacones sobre la cabeza.

Aunque en este caso los tacones los llevaba ella. Unos tacones lo suficientemente altos como para realzar su figura-  pechos redondos, caderas prominentes, –  pero no lo suficiente elevados como para acojonarle.  Al menos hoy. Quizá fuera el efecto del cava. Su marido, a escasos metros de ella, charlaba amistosamente con un grupo de amigos, y fijaba especialmente su atención en una chica rubia, bajita pero estilizada, pelo liso, flequillo marcado, y a la que se le transparentaba un sujetador negro bajo un corto vestido de gasa azul con vuelo. Sin esforzarse demasiado, Javier pudo ver que su sujetador hacía juego con sus medias y también con su ropa interior. La rubia de pelo liso y flequillo  flirteaba abiertamente y sin disimulo con el marido de Marta, Carlos, que agotaba su cigarrillo a la vez que agotaba todas sus armas para tratar de llevarse a la chica del vestido azul de gasa, con vuelo, a cualquier otra parte. Carlos, alto, bien parecido, aparentemente bastante musculado, aparentemente muy seguro de sí mismo, – sonrisa abierta, dientes blancos e impolutos y colmillos retorcidos de día y afilados de noche-  tenía toda la pinta de ser lo que podría llamarse, en argot sexual, un empotrador. Javier, mientras tanto, observaba el Martini Blanco de Marta, del que apenas le quedaba la aceituna, y se ofreció para traerle otro de la cocina.

–          Espera, voy contigo; Carlos parece estar muy ocupado hablando con esa nueva compañera de trabajo- le dijo con sorna mordiéndose el labio, lo que a él le pareció un gesto retador.  Le sorprendió una erección inesperada.

Entretanto, su mujer, Carla, permanecía sentada en el sofá junto a una amiga, hablando en voz baja mientras cada una apuraba una copa de algo que lo mismo podía ser un gintonic que un jardín tropical. Su amiga mostraba ojos llorosos y su mujer, sonriente, intentaba consolarla ajena a todo lo que comenzaba a suceder a su alrededor.

Marta le siguió por el pasillo. Marta, la de los ojos avellana, la que, un día, despechada por una de las múltiples infidelidades de su marido, después de regresar de un viaje por las islas de Ischia, Procida y Capri,  le explicó mientras apuraba una botella de tequila: “Mira, igual que Gary Lineker dijo una vez que el fútbol es un deporte de once contra once en el que siempre ganan los alemanes, yo te voy a decir otra: el amor es un juego de uno contra uno en el que siempre ganan las italianas”. Pero bien podrían haber sido las alemanas, las argentinas o las rubias de pelo liso de cualquier lugar. Marta, esa brillante Marta que llevaba más tiempo de la cuenta con el antifaz puesto, le siguió rápidamente por el pasillo; el sonido de los tacones resonaba en la cabeza de Javier, que alojaba ya unas cuantas mariposas gigantes en su estómago, que alguien llame ya a El Coleccionista, por favor. En ese momento salía de la cocina un grupo de compañeros de trabajo de Carlos, todos ataviados con un jardín tropical en la mano.

Marta y Javier, al fin, por fin, solos, casi aislados. En la cocina, la sala VIP de todas las fiestas. Le miró con los ojos entornados, agachando el cuello y con sus ojos avellana anticipando lo que le iba a decir a continuación:

–          Javier, ¿yo a ti siempre te he gustado, verdad?

Tantos años de acercamientos sutiles, de miradas furtivas, de deseos castrados y de insinuaciones, tantos años, tantos, para saldarlo todo de una manera  tan prosaica.

En ese momento Javier agarró la cabeza de Marta y la besó. Mantuvo el beso cuatro o cinco segundos y se separaron de inmediato cuando escucharon acercarse a alguien.  Marta se ruborizó, de nuevo. Otra vez, los pómulos. Otra vez, su labio mordido.

Porque, al fin y al cabo,  hay veces en la vida en las que hay que hacer lo que hay que hacer. Nada de trenes que pasan una vez en la vida, ni de saltos al vacio, ni otras metáforas resultonas. Puede que pasaran más trenes, puede que no, pero Javier tenía que besar a Marta esa noche. Y después del labio mordido y la mueca traviesa, del tren que sí pasó, salieron al pasillo con intención de volver rápidamente al salón. O al menos eso creía Javier, porque en ese momento Marta le arrastró suavemente del brazo, empujándole enérgicamente hacia una habitación entreabierta. Volvieron a besarse escondidos junto a un armario, con la puerta todavía entornada,  haciendo fuerza con los labios y las lenguas, alargadas por el cava y el Martini, casi hasta sentir un pequeño y placentero dolor. Afuera se escuchaban murmullos, la risa de Carlos, la música de fondo, las risas de la chica del flequillo y las bragas negras, el tintineo de las copas y el cava. Esta vez la erección no le pilló por sorpresa. Ella le desabrochó muy lentamente los botones de su pantalón mientras le besaba cada vez con más fuerza. Introdujo su mano en su interior, sin llegar a tocarle la piel, tan solo rozando su ropa interior, y así estuvieron, parados, besándose, sin hacer nada más, aferrándose al impulso, detrás del armario.  Estuvieron así no más de tres minutos, que parecieron irreales, ella con su largos y delicados dedos en el interior de sus pantalones –pudo notar por un instante su anillo de casada-  y Javier con una mano rodeando su cintura y con la otra acariciando su pelo, mientras el roce se hacía cada vez más tierno y menos violento. Procedente del salón escucharon cómo Carlos preguntaba por Marta- ¿dónde estás, Marta, estás bien?, – Mira a ver en el baño, quizá ha bebido demasiado Martini, le dijeron– , y Marta sacó la mano de los pantalones de Javier,  muy lentamente, sin ningún miedo, mientras sus cuerpos y sus labios se separaban a cámara lenta, como si estuvieran unidos por el hilo de una tela de araña.  Se abrochó los botones del pantalón. Marta mantenía la sonrisa en su cara. Cogió una chaqueta que tenía sobre la cama, y salió sola de la habitación.

Ya en el pasillo, al salir, casi se dio de bruces con Carlos, que llevaba un buen rato buscándola.

–          Marta.. ¿dónde estabas, mi amor? Te estaba buscando.

–          Estaba recogiendo la chaqueta. Es tarde, ¿no? Mañana tenemos que madrugar.

–          Pero si estamos en lo mejor de la fiesta. Pero como quieras, amor, como quieras- espetó mientras soltaba su risa de empotrador. Pudo ver lo abultado de su pantalón. Prefirió no pensar. En realidad, llevaba mucho tiempo sin hacerlo.

Ya en el salón, Javier observó como Carla agotaba su copa mientras, ya sí, reía a carcajada limpia con su amiga, que parecía recuperada. Se alegró.

–          Cariño, ¿nos vamos?- le dijo Javier, que se agachó y le susurró al oído: Tengo ganas de hacerte el amor esta noche.

Carla dio un último trago a su copa y se levantó, cogió su abrigo y le trajo el suyo a Javier, de la misma habitación entreabierta. Carlos y Marta ya estaban ataviados con los suyos y coincidieron con Carla y Javier en la puerta de la casa. Los cuatro, junto con otros cuantos invitados, coincidieron a las puertas del ascensor. Una primera tanda bajó, y finalmente ambas parejas se quedaron esperando el ascensor en el rellano de la escalera.

Ya en el interior del ascensor, bajaron Javier, Carla, Marta y Carlos, compartiendo ese minúsculo espacio y mirando, inquietos y alternativamente, al techo, al suelo y a los botones, mientras las telas de araña seguían tejiéndose y destejiéndose, construyéndose y rompiéndose, esa noche.

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4 respuestas a Telas de araña

  1. marta dijo:

    está muy pero que muy bien. enhorabuena. marti magenta

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