Lo más prudente

Me cruzo todos los días con ellos, mientras voy caminando hacia el trabajo. Me cruzo con la señora madura teñida de rubio y altos tacones que de lejos engaña y de cerca asusta. Con el adolescente que fuma de forma apresurada un cigarro con gesto desdeñoso y desafiante. Con la niña que espera al autobús de ruta con sus leotardos verdes y su falda a cuadros. También está el dominicano que barre y limpia con la fregona la acera de su portal como si fuera su propia casa.  Y la chica polaca que me mira todas las mañanas; hoy me ha sonreído.

Visto así, desde fuera, pudieran parecer fragmentos del neorrealismo italiano de Rosellini, aunque yo siempre preferí el costumbrismo de José María Forqué. Me cruzo con dos negros amables, casi siempre lo son, vendiendo La Farola, y con los repartidores de periódicos gratuitos. Parece ser que hoy con los gratuitos regalan un yogur líquido con bífidus y hay una cola enorme de gente esperando. Llegarán tarde a donde sea, pero se beberán su yogur con bífidus – gratis- . Resoplo y acelero el paso: no quiero estar cerca de ellos y me acuerdo de Atraco a las Tres y también de Un Día de Furia.

Trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores, cerca de la Plaza Mayor. Saludo a Luis, a  Pedro, a Gema, a Marcos. Y a Claudia.  Claudia, falda de tubo, camisa blanca, morena, 1,70,  tacones discretos y pelo recogido. Hoy se ha puesto una camisa ajustada por la que yo sí que soy capaz de hacer cola. Cae el chorro de la máquina de café. Me quedo mirando a Claudia y acabo de recordar que hoy tenemos visita del ministro de Asuntos Exteriores y que debería estar preparando la recepción y el protocolo.

La visita del ministro de Asuntos Exteriores transcurre con más pena que gloria. Ha venido a firmar unos convenios y nuestro Secretario de Estado le dirige unas palabras de agradecimiento, y se confunde al intentar pronunciar las palabras “cooperación” y “exterior” en una misma frase.  Le hemos preparado un discurso corto y sencillo, pero aún así se confunde un par de veces más y se afloja el nudo de la corbata mientras nos mira como diciendo qué coño me habéis hecho. Concluyo que las miradas intimidatorias de un jefe que no es capaz de pronunciar las palabras “exterior” y “cooperación” sin trabarse no deben ser tenidas en cuenta. Me deslumbran un poco los focos de las cámaras de televisión –dos- presentes en el acto. La cosa termina, hay una rueda de prensa, hay más café. Me acuerdo de que tengo que llamar a mi mujer, que hoy también llegaré un poco tarde. El calor me ahoga y yo también y me aflojo el nudo de la corbata.

Hace tiempo que mi mujer y yo ya no hablamos. No hablamos de nada. Ni siquiera del tiempo, ni de las hipotecas, ni de la maldita crisis, ni de los desahucios, ni de Ana Botella, ni de qué vamos a hacer en vacaciones, ni de otros tantos lugares comunes y conversaciones frecuentes en oficinas, ministerios, ventanillas y matrimonios momificados. Hace tiempo también que dejamos de hablar de guarderías, de pocoyós y cantajuegos y de lo que nos gustaría tener a un pequeño correteando por ahí. Una vez quise a mi mujer, de eso estoy seguro,  tan seguro como estoy de que un día dejé de hacerlo. Entre medias apareció Martina, y otro día apareció Mari Carmen y otro día apareció Claudia, y otro día será cualquier pretexto.  Y con el nudo de la corbata apretando cada vez más fuerte, atrapado como una mosca en un vaso de cristal, hablo con ella sentados en la cama, sin mirarnos el uno al otro. Le cuento otra vez que el trabajo me estrangula, que no me interesan nada los asuntos exteriores y que ya no sé ni dónde estará la miel de la abeja donde ahora estoy atrapado.

Ella, en camisón, aquel que un día le compré en Intimissimi, apoya su cabeza en su brazo. Yo miro a la pared, sin camiseta y sin corbata, y extrañamente me acuerdo del costumbrismo español y de las agallas de José Luis López Vázquez en Atraco a las Tres, el infeliz soñador, cajero de banco,  que un día convenció a su grupo de amigos para atracar su propia sucursal. Claro que lo sabía.

Claro que sabe que en los ministerios rara vez se trabaja por la tarde. Claro que sabe que llevo huyendo del neorrealismo italiano desde siempre, de los tipos que un día se vuelven grises, claro que sabe todo lo demás, por supuesto que sabe lo del nudo de la corbata, igual que sabe que cualquier día saltaré por la ventana, en dirección a cualquier otra parte. Yo le digo- me digo- , que de momento me conformo con saltar. Decido que voy a saltar de una puta vez, al puto vacío, por encima de Martina, de Claudia, por encima de los lugares comunes y de Ana Botella. Que rompo la cuerda. Que a mi mujer un día la


quise mucho, pero que no vale quererla como quien tiene un perro y lo saca a pasear, que no deseo nada de eso. Que aunque sea me voy a atracar un banco yo sólo.  Voy a saltar; es lo más prudente

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