Siamese Dream

Un haz de luz entra por la ventana, por mi lado derecho, y estoy haciendo verdaderos esfuerzos por concentrarme en lo que tengo que hacer. La radio suena de fondo- hay un encendido debate político que no me interesa lo más mínimo- , escucho risas en el despacho de al lado –risas histriónicas que parecen enlatadas- y pienso que lo que quiero es estar tomando un tercio de cerveza tumbado sobre el césped de un parque con alguien al lado tocándome el pelo y no aquí, sentado frente a este ordenador lleno de hojas Excel y bases de datos Access que no invitan precisamente a la primavera.

Tengo a un hombre enfrente de mí que bosteza y que mira fijamente la pantalla de su ordenador, que supongo llena de gráficos u otras cosas por el estilo que tampoco deben incitar –ni invitar- a la primavera. El hombre que tengo enfrente ha pasado del bostezo al gemido sordo, habla para sí mismo, farfulla, bebe agua, resuella, hace ruidos con su boca pastosa, y creo que no voy a poder aguantar mucho tiempo más sin decirle que se calle, que me incomoda, pero luego pienso que es mejor que no, que he de concentrarme en los Access y los Excel. El mecanismo hidráulico de mi silla ha cedido y soy diez centímetros más bajo que hace un momento; casi me viene bien para esconderme y desaparecer un rato, no quiero que nadie me vea ni quiero ver a ese hombre que gime y bosteza y que de repente me hace sentir como un extraño, y tengo la sensación de que no conozco a ese hombre y de que mi sitio no está aquí, sino tirado en el césped del parque, con olor a hierba fresca y los niños riendo y persiguiendo el balón extraviado, los pájaros en sus árboles y todo lo demás.

Me levanto, salgo del despacho, miro de reojo la pantalla del ordenador del hombre de la boca pastosa, y puedo ver que está ensimismado mirando imágenes de síntomas de enfermedades- herpes, cánceres, entrañas-, veo fotos, me quedo mirando fijamente, y de repente se gira y me ve y salgo andando a toda prisa del despacho. Me cruzo con una administrativa que creo que ha advertido mi cara de susto y voy al baño. Me encierro allí pero de repente me vienen a la cabeza imágenes de llagas, de úlceras, de entrañas y decido coger el coche e irme. Antes de salir, me miro en el espejo del baño y creo ver que me está saliendo un pequeño herpes en el labio inferior. Noto claramente el hormigueo en la comisura. La luz- cenital y fría, gélida- del baño, remarca mis ojeras, mis incipientes arrugas, el paso del tiempo, de la vida, de mi vida. Me entran ganas de encerrarme en el baño, cerrar la puerta con pestillo, fumarme un cigarro y esperar a que todo pase, pero hace 6 años que no fumo.

– Quiero sentir un rato el sol, quiero enterarme de la primavera- le digo a la administrativa, con quien vuelvo a cruzarme al salir del baño.

– Tengo que irme, me ha surgido un imprevisto- es lo que le digo en realidad a la administrativa.

Salgo corriendo hacia el exterior mirando hacia atrás. Creo sentir miradas escrutadoras de ojos enjutos, vuelvo a escuchar las risas enlatadas, cada vez más y más histriónicas, y me parece escuchar que alguien grita mi nombre y me hace aspavientos. Me doy la vuelta pero no veo a nadie, sólo puertas que se abren y se cierran y gente que va y viene y me habla de cosas que no entiendo bien. Digo que sí a un par de personas- No tienes buen aspecto, te pasa algo, mañana dicen que va a llover- y avanzo por el pasillo mientras sigo pensando en lo bien que me sentaría darle una calada a un cigarro y ya no recuerdo bien lo que le dije a la administrativa al salir del baño. Cojo el ascensor, pulso la planta del garaje y resoplo aliviado. El ascensor empieza a bajar. Suena Moon River de Henry Mancini en el hilo musical y me invade una terrible sensación de tristeza. Mientras, dos chicas de la tercera planta, que no se parecen en nada a Audrey Hepburn, ríen. Llego por fin al garaje, entro en el coche, y miro en el espejo pero no me veo ningún herpes en el labio. El termómetro marca 23 grados. Me calmo. Revuelvo los CDs que tengo esparcidos por la guantera y encuentro uno de Smashing Pumpkins, Siamese Dream, que me lleva la mente quince años atrás, cuando Billy Corgan y su banda tocaban en el Festimad, , y yo estaba cantando y sudando en primera fila sin importarme nada, y de repente me da por comparar la sensación de libertad de la primera fila con las celdas de las hojas de Excel mientras me toco el labio inferior y parece- sólo parece- , que va desapareciendo el hormigueo.

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