Caravaggio por los suelos

El tirante del sujetador a media asta, al igual que su falda. Sentada en la cama. Sollozando. Los ojos, vidriosos, salados por las lágrimas y negros de rímel. Medio vestida, una pulsera de plata rota, la que le regalé aquel verano en Cinque Terre, los cajones de nuestra habitación revueltos, como si un policía hubiese pasado por allí en busca de pruebas. Mi cuadro- nuestro cuadro- favorito, en el suelo, Caravaggio por los suelos, y los cristales esparcidos por la habitación. Yo allí, de pie, en contrapicado, con las llaves de casa en la mano y la mirada estupefacta. Sonaba ópera. De fondo. Aportando un dramatismo extra a la situación que juzgué totalmente fuera de lugar y a todas luces innecesario. Gritaba, en bajo, sin parar, ahogada. En llantos sordos. Juraba que me había visto con Bárbara, ayer por la tarde, entrando en un hostal de la calle Sagasta. Yo, paralizado, sin saber qué decir, escuchando a Puccini como si la cosa no fuera conmigo. Ella, maldiciendo mi nombre lo más alto que podía y con los
labios pintados muy de rojo. Chillones, haciéndole la competencia a sus llantos, y una botella de vino casi vacía acentuando todavía más el rojo del carmín de sus labios. De repente me sentí como en un libro de Bukowski, pero ni yo soy Henry Chinaski ni Marta me habría montado este numerito en un relato del creador del realismo sucio. Marta era muy comedida, nunca me habría tirado mi –nuestro- cuadro favorito con tal violencia ni habría dejado todos los cristales en el suelo si no estuviera absolutamente segura de la tarde anterior me había visto abrazado a Bárbara subiendo los escalones del Hostal Sagasta a la altura del número 5 de la calle del mismo nombre. Quizá había un hombre parecido a mí a esas horas agarrado con pasión a mi compañera de trabajo Bárbara, que por otra parte es una chica que posee unos senos redondos y perfectos, sobre todo cuando se pone esa camisa especialmente ajustada, rosa y con encajes. También tiene unas piernas tan largas como el kilómetro 30 del maratón y unos ojos que te hacen ver el puto Océano Mar de Alessandro Baricco. Y qué coño, si yo pongo los cuernos no me iría a un hostal. El aria de Puccini se ha rayado. Suena una y otra vez el mismo fragmento y decido explicarle todo. Dónde estaba ayer por la tarde. Que no conozco ningún hostal llamado Sagasta. Le recuerdo que mi oficina está en Tres Cantos y que yo estaba allí ayer por la tarde, búscame en Google Maps si quieres, y le recuerdo también que Bárbara y yo sólo somos amigos. Decido omitir mi apreciación sobre lo del hostal y el hotel. El disco vuelve a fluir. Me acerco, intento abrazarla, pero me aparta bruscamente con la rebeldía propia de quien se niega a ser consolada. La ventana, entreabierta, se cierra de golpe a causa del viento. Puccini ha dejado de sonar y entre las rendijas de la ventana se cuela el griterío de los niños saliendo del colegio, que se abren paso por encima de los sollozos de Marta. Marta me mira, me dice, afirma, me reprende.
– Te he visto. Te vi ayer, te vi hace una semana, te llevo viendo con ella desde
hace más de un año. Te llevo viendo toda la vida con otra.
Puccini vuelve a sonar y me quedo quieto escuchando. La miro a los ojos pero no sé qué decir. Dejo las llaves en la mesilla de noche y también dejo que ella me mire. Que me mire todo el rato que quiera. Para de llorar. Se sube el sujetador.
Cierro la puerta, antes miro por última vez sus tetas, perfectas, bajo por el ascensor y marco el número de teléfono de Bárbara.
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