Perseidas

Perseida

Hoy, súbitamente, me di cuenta de que empecé a olvidarme de tu voz.

Es a la vez triunfo y desastre,

escozor y alivio en un mundo de vendas blancas y humor acuoso.

Suena tu voz ya deslavazada susurrando te quiero,

detrás de aquellas montañas cubiertas de niebla hoy.

Como tan lejos, como tan dulce,

como aquella perseida que pasó cuando estabas mirando al suelo.

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El color de la tristeza

Me preguntaste de qué color era la tristeza.

Te respondí sin dudar que es marrón oscuro con ribetes negros y que además huele a habitación sin ventilar y a hospital de madrugada.

Después me preguntaste que cómo sonaba la nostalgia- Te dije que sonaba a tren destartalado alejándose y a murmullo y lloros contenidos en almohada de Ikea.

Más tarde, quisiste saber a qué olía la esperanza: te dije que a la tierra de la tienda de los chinos de mis plantas recién regadas a finales de junio y a la espuma de la cerveza del bar de abajo servida en vaso de doble

Finalmente, quisiste recordar cómo olían nuestros cuerpos en verano: te abracé y no hizo falta nada más.

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Work in progress

Tú que apareces en sueños como el Guadiana,

– van con esta tres noches seguidas ya –

Vas y vienes

-son tus ojos el cauce de mi duermevela-

Dos puntos:

tendré que dejar de querer para poder olvidarte,

o no dormir nunca más para dejar de soñarte.

Y no es plan.

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Breve tratado sobre la toalla

¿Cuántas toallas son suficientes para una sola persona ? Digamos en primer lugar que las toallas suelen estar dispuestas en uno o dos cajones, por lo general de tamaño considerable,sin mezclarse por lo general con otro tipo de ropas. Las hay de todos los tamaños y tipos: grandes,pequeñas, medianas, de mano, de playa, de hoteles,viejas, usadas, bordadas, de piscina. Y en una amplia gama de colores: negras, azules, naranjas, moradas, blancas, a rayas. Apenas hay unas que casen con otras, y son casi todas de estilos y juegos distintos. También hay toallas con nombre propio, y toallas con olores reales o imaginarios que siempre estarán ahí, por más que pasen mil lavados. Toallas que desaparecen una temporada y aparecen en el lugar menos pensado, y otras que de tanto desgaste podrían usarse como pañuelos multicolores. Hay toallas que nunca se acaban de secar y otras que se impregnan enseguida del sudor del verano. Las hay suaves como la arena fina de playa de Menorca y otras son ásperas como la lija de un carpintero enfadado con el mundo.

Las toallas no son como la ropa interior. Las toallas se cambian cada cierto tiempo (aquí puede discutirse la periodicidad de dichos cambios), y su uso está limitado, en su forma habitual, a la ducha y las manos. Pueden darse otros usos como el secado de animales, higiene íntima, uso deportivo, boxístico (de donde viene la expresión “tirar la toalla”) o como sustitutiva de la alfombrilla de baño. De vez en cuando son necesarias más de una: cuando se tiene visita (amigos, familiares, etc), o cuando pasa la noche en casa algún amante, ya sea éste ocasional o habitual. Estas toallas fugaces tienen por lo general un uso bastante limitado en el tiempo, y se echan a lavar en cuando se produce el fin de la circunstancia, aunque curiosamente la toalla principal no suele acompañar al resto en la tanda.
La diferencia, pues, entre el número total de toallas que se poseen y su uso efectivo es a todas luces desproporcionado, con lo cual hay un gran número de toallas que jamás salen del cajón en el cual están confinadas contra su voluntad. Esta desproporción entre número total y uso real es un hecho que no se da prácticamente en ningún otro objeto de la casa: platos, trapos de cocina, vasos, copas de vino, cubertería. Todos estos enseres tienen por lo general, en un hombre o mujer que viva sola, un uso unitario, pero a menudo es necesario el empleo de varios de estos elementos de forma simultánea: una cena con amigos, por ejemplo.

Pueden darse casos similares en edredones y fundas de almohada, aunque en ningún caso llegan a la
claridad del caso expuesto con las toallas.

La opción más recomendable sería o bien aumentar el número de personas que habitan la casa o bien quedarse solamente con las imprescindibles, deshaciéndose del resto. Se recomienda retener aquellas con aromas especiales, recuerdos felices y, sobre todo, aquellas más grandes y suaves que permitan un secado rápido y eficaz.

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La gota malaya

Pues no: la piel no es como la de una ballena blanca,

gruesa, impenetrable, hermética y aceitosa;

ni tampoco uno a todo se acostumbra, como al vino caliente o a la Cruzcampo.


(Y a veces, sólo a veces)

Fui un galgo abandonado en Toledo,

y quizá he llorado como la Callas recordando a Onassis

más mil veces que perdí, otras mil que me repuse.

La prueba, fehaciente, es que aquí sigo.

Pero admitámoslo: las pérdidas en el amor no son nunca inocuas

aunque tengamos escaras en la piel,

el culo pelao y las mejillas desteñidas

por la sal de las lágrimas.

(Muy al contrario)

Las pérdidas son como la gota malaya

término que, erróneamente,

acuñó Felipe González mezclando los términos

gota china y bota malaya.

Gota o tortura china:

una gota de agua que cae del techo ,

y que poco a poco va horadando

la piel del cráneo del reo.

Así que aguantamos la maldita gota china o malaya

(oriental en todo caso)

que horada el corazón y el cráneo,

y que duele, vaya que si duele.

Pero, incluso tras estas adversas circunstancias

el cuerpo humano no se rinde,

pues mientras estemos vivos, intentaremos desviar

esa gota que se dirige inexorablemente al centro del cráneo.

Y sacaremos la lengua,

intentando atrapar la gota

(flip)

como el camaleón a la mosca,

para aplacar la sed de vida y de futuro.

Soportando las pérdidas del camino,

lleno de piedras, romero y espigas,

sabiendo que el azar es presumido

y que la vida se embarra en el trayecto.

Dejando pequeñas marcas,

que ocultamos bajo la ropa:

usando cada vez jerseys más gruesos

para que nadie descubra nuestro pequeño gran secreto

(la herida)

Mientras tanto, seguimos haciendo la senda y el cariño,

recordando lo bonito que fue,

el hermoso sendero que recorrimos,

mas el sotavento es impresivible,

y sólo dios sabe adónde nos llevará,

porque imprevisibles son también los temporales en estos tiempos de cambio climático y ventiscas

Y con todo ello les digo:

que me sigo cagando en el puto amor romántico,

fatídico invento de poetas y de literatos ahogados en absenta,

y que – por favor- no nos roben lo bailao, que de nada sirve,

ni tampoco la ilusión ni la sonrisa al infinito perdida.

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El último guardián

-¿Volverás? —me preguntó.

Miré fijamente a sus ojos claros y no supe qué responder. Allí, en medio de aquel paisaje de claroscuros, parecíamos los protagonistas de un lienzo a punto de estallar.

-Ahora tengo que irme, ha de ser lo más lejos posible, lo más lejos posible de estos bosques. Miré al suelo, cubierto de hojas y cada vez más húmedo. Empezaba a hacer frío y sentía palpitar su corazón en mis nudillos. Me puse los guantes de lana y recordé.

Recordé, de repente, una fecha grabada en un majestuoso ejemplar de alcornoque, frondoso y vivaz, erguido sobre el poso de la alegría y del peso de la inercia, de la fútil esperanza de lo vivo: 12 de marzo de 2009. Bajo la sombra de aquel árbol al que no le cabía ni una hoja más, nos besamos aquel día de la manera opuesta a la que se besa a un padre en su lecho de muerte. Mientras, el sol de los estertores del invierno nos deslumbraba ligeramente, provocando una risueña mueca en su cara, que agudizaba aún más el cobrizo de su pelo y sus mejillas. El agua saltarina esquivaba los rebordes del regato con la sencillez de un gamo, y al cielo daban ganas

de abrazarlo de lo esponjoso y bonito que estaba.

Te recordé, de repente, cuando todo aquello, te recordé como si fueras ayer, te recordé como el cuadro expresionista que siempre fuiste y quizá nunca supe ver.

-Me prometiste que serías mi guardián, que me querrías eternamente, que siempre estarías conmigo.

-Vete, por favor, Silvia, no quiero que me veas marchar.

En un momento giré la cabeza y ya no la vi. Empezaba a atardecer, y mis nudillos latían cada vez con más fuerza, pero esta vez ya no notaba su corazón en ellos, sino el mío. Busqué con desesperación aquel árbol. Di vueltas concéntricas alrededor del punto imaginario que flotaba en mi memoria, casi olfateando como un perro en busca de un rastro que le es familiar. Por fin, después de unos minutos, lo vi y corrí hacia él, corrí lo más rápido que pude, exhausto, hasta abalanzarme sobre él, como una patera que avista tierra amiga. Todavía se atisbaban en el tronco algunas letras y números: 2, e, m, r, z, 0, 9. Me abracé con fuerza y las lágrimas humedecieron el corcho, adquiriendo el extraño aspecto del corcho de un vino recién abierto.

-Tengo que irme, -le dije al árbol, sintiéndome como un completo loco, golpeando con fuerza el suelo con las manos, mientras caía la noche-. Sé que prometí cuidarla, pero tengo que partir, al menos hasta que llegue la primavera y la escarcha se convierta en agua fresca. Díselo, por favor, dile a Silvia que las hojas volverán a brotar y que los frutos salvajes volverán a florecer solo para ella. Siempre es así.

Seguí, para mi sorpresa, hablando con naturalidad con aquel árbol, que se revelaba cada vez más alto, alegre y majestuoso, desprendiendo de manera progresiva una extraña luz que me hizo dudar de si de verdad estaba anocheciendo. La luz cada vez inundaba más espacio, y el árbol, por fin, se mostraba como quien realmente era: El Guardián de aquel bosque, el guardián que nos había estado cuidando desde siempre.

Me levanté, aliviado, y avancé con paso firme entre la penumbra y la hojarasca. Miré hacia atrás y pude ver claramente como aquella mole, ya inabarcable, se liberaba con pausada violencia de sus raíces y partía lentamente en busca de Silvia, mientras yo dejaba atrás aquel bosque seco y desnudo, discreto testigo de todo lo que estaba, ahora sí, por llegar.

Relato inspirado en la serie “Los Guardianes del bosque”, de Agustín de Córdoba.

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