Marc y Laia, Laia y Marc

Donde más me gustaba a Marc apoyar su cabeza, mientras remoloneaban en la cama, era al final de su espalda. Era reconfortante para Marc sentir que apoyado en el trasero de Laia nada podía sucederle. Era suave, turgente, y a través de él podía sentir su respiración, sus alegrías y sus tristezas, también sus anhelos y sus ilusiones.  Se sentían desde esa extraña perspectiva a salvo de un ataque nuclear, solo ellos y las cucarachas se salvarían, fantaseaban, mientras un rayo entraba perpendicular  desde la ventana e iluminaba las ya de por sí sonrosadas mejillas de Laia. Me ha dado el rayo láser, decía, ahora te toca echarme un polvo por haberte portado mal con esta marciana. Reían con ganas. A Marc no le quedaba más remedio que obedecer, besar bruscamente sus glúteos, y empezar a lamer el terso cuerpo de Laia hasta echarle el polvo prometido, todavía medio soñoliento. Desde la inédita zona de confort que formaban el colchón, los haces de luces y las curvas de Laia, se reían, los domingos por la mañana, del mundo y de las cucarachas.

Se sentían tan protegidos que aliviaron las defensas y no advirtieron más trinchera que la suya.

(…)

A veces, ahora lo que quiere Marc es que a Laia le parta un rayo, y ahora lo que no quiere Laia es poner la otra mejilla; nunca fui una cristiana ejemplar, ya lo sabes, le dice ahora. Marc sigue acordándose de su inacabable espalda combada con final feliz y de sus pechos, delicados como algodón de azúcar, y dóciles como un cabritillo. Se acuerda también de sus pezones, cual botones de marfil que algún elefante trajo del Índico. Marc sigue acordándose de tantas cosas que solo quiere olvidarlas del todo. Por ahora Marc y Laia han decidido renunciar a la búsqueda de la felicidad; Marc dice que su corazón no puede ya desollarse más; Laia asiente con resignación. Siempre recordarán sus mañanas eternas de trincheras, sus noches de polvo y miel, los sueños que jamás se cumplieron. Lo que más les aterra es verse desaparecer. Saber que poco a poco sus rasgos se difuminarán el uno para el otro,  y que tarde o temprano se sentirán tan lejanos en el tiempo como una llamada a cobro revertido.

 

  • Marc y Laia está aquí
  • Y Traviata de Marc y Laia, aquí

 

 

 

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año I

Veo a gimnastas desperdigadas por el pabellón. Altas, esbeltas, soviéticas.

Casi estalinistas.

Diosas. Ceres. Esclavas. Musas.

El mundo desperdigado.

Desperdigadas, esbeltas.

Mundo austero. Injusto, rajoyista.

Hoy estoy de vuelta.

Escuela rusa.

Gimnastas.

Hola.

 

 

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(coma)

Y entonces esto sucede así, como de esta forma, como que te veo en un marco, de fotos, estás tú, y yo, y más gente, y no te quiero ver, y me bloqueo, como ahora mismo, y no es incierto, y yo, lo que digo (coma) es que quiero una mujer (coma) que me quiera, y que me coma, y que me arrulle, y que me folle, y  (a)  (la) que (la) folle, y a la que arrulle, y son tantas cosas, dirás, desde ese marco de fotos, dirás, y yo, como siempre, que siempre diré lo contrario, diré que desde ese marco no podrás hacer nada, ni lo sé ni me importa, ni lo sé ni te importa, que desde ese marco me hiciste el más feliz de los terrestres y el peor de los celestes, y hoy la vida sigue aquí, y tú ahí, en el marco, coma, y que yo lo que deseo, coma, es una mujer que me arrulle.

Que me hago viejo.

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Predictivo

Te

veo llamo cuento digo.

Te quiero.

Es lo que tienen los teclados predictivos.

Siempre te joden cuando menos lo esperas.

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Felices fiestas

Déjame, en estos días, desearte unas felices fiestas.

O mejor, sin más, déjame desearte.

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Villanchico

Pero mira.

Mira bien. ¿Has visto cómo beben? Hay muchos peces, peces en el río. Pero tú eras el más bonito, el más tierno, el más chico.

Hey, mira, mira cómo beben. ¿Has visto? Y todo por ver al dios ese. Al dios de las flores y de los peces. Del campo, la más bella, la amapola.  Y vuelven a beber. Los peces en el río y las flores en el campo. Y vuelven a beber, de tu boca, de su savia, de tus branquias, y vuelven, y beben, y vuelven a beber, y vuelven a volver, a ti.

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Boutade

Le veo, me voy acercando, le voy cercando. Sin que se dé cuenta. Le llevo viendo en este bar desde hace dos semanas. Yo voy un poco borracha ya, como siempre. Pero eso no importa y además, da igual, porque él está todavía más borracho que yo. Son las dos de la mañana, suena The National y es la tercera vez que le veo. Se llama Alejandro, me han dicho. Debe ser algo más joven que yo. Y algo más alto.  Es razonablemente alto y delgado. Viste un jersey ancho y barba incipiente sin llegar a hípster. Todo bien. En una mano, botellín de Mahou. En la otra, los nudillos tatuados. Love-hate. Ya os lo imaginabais.  Se ríe. Se ríe como sólo los hombres de los que te enamoras pueden hacerlo. Y bebe. Y está tan borracho y eso me parece tan gracioso como sólo los hombres de los que te enamoras pueden parecerlo cuando están borrachos. Hemos pasado de The National a Band of Horses. Todo bien. Os he dicho que es la tercera vez que le veo. Le cerco. Y le veo. Y me mira, y sucede.

Sucede que a veces que cuando estás en lo más alto de la canción, de tu vida, de la montaña o de la noche, pasa que una sola palabra, o pensamiento, o recuerdo, una sola de estas cosas es suficiente para hacerte el clic y bajarte al suelo. Clic es vuestra puta cabecita loca. Un clic. Una visión, un pensamiento, un recuerdo, una frase.

Unos pies.

Sucede que Alejandro tiene unos pies absurdamente pequeños. Lleva unas bambas azules que bien pudiera haberse comprado en Zara Kids. Un tipo de pies que no pueden sostener a ese tipo de hombre.  Un tipo de cuerpo hecho en dos mitades.Un hombre puede ser bajito, tener las orejas diminutas, incluso tener unas orejas sin lóbulos, una nariz pequeña, o incluso una polla pequeña. O muy pequeña. O un micropene. Pero unos pies pequeños.

Alejandro me dice hola, me han dicho mis amigos que querías conocerme y tal y todo eso, me dice mientras el DJ del bar ha decidido que ya es hora de cambiar el rock barbudo por electro house que me hacen acordarme de los laboratorios de Pablo Escobar. Sí, estooo, te he visto varias veces por aquí, pero, mira, resulta que tengo un novio, un chico, ves, es ese de ahí al fondo.  Ante tamaña locura,  Alejandro se queda absorto mirándome como la loca que estoy pareciendo, y yo me retiro lo más dignamente que puedo al ritmo de un rabioso electrobeat. Le miro por última vez antes de salir, como quien mira una oportunidad perdida. Le miro a la cara lo más fijamente que puedo, haciendo esfuerzos para no mirar el suelo por donde pisa, y desde la distancia  suspiro, le tiro un beso y le digo adiós.

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