Jäger

Ojalá esta mañana de martes pudiera irme a una isla desierta o a la cama

a beber cerveza y tocarte la cara como si fueras braille,

a descifrar tus labios y tus ojos,

del color del Jägermeister

que me miran y me tumban,

mientras me aferro a tu espalda, a mis sueños y,

finalmente,

al suelo .

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Indicios

La vida me dio hoy un indicio de primavera.

Esta mañana he visto brotar ese almendro, muy tenuemente

Y el sol realizaba el trazado de un triángulo escaleno, reflejándose en el rojo de los ladrillos del edificio.

Hoy el cielo es muy azul, pero no se lo digas a nadie.

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Cinco vinos

 

Cinco vinos tintos, excesivamente tánicos,

se encargan de recordarnos que los tiempos van despacio,

que hasta el rabo todo es toro,

que dios aprieta y ahoga,

pero también se encargan de decirnos,

al oído y como silbando,

que las sogas se pueden romper,

como el elástico de tus bragas azul turquesa

de aquella noche de reyes de mayo de 1996.

 

Es tiempo de volver al optimismo,

de decirnos a la cara: que te quiero, qué cojones,

es tiempo de follarse a empellones, y de volver a cuando fuimos

a esos bares tan cutres llenos de mugre y precipicio,

donde yo vomité mi primera cerveza y tú el primer no me olvides.

 

¿Qué tal si volvemos al espíritu jovial de las margaritas de principios de abril,

y a esas sábanas tan blancas, que de tan blancas reflejaban los albores de tus pestañas ,

qué tal leer entre tinieblas y a escondidas sin más alumbre

que el recuerdo de tu (b) risa?

 

Esos cinco vinos, o eran seis, excesivamente tánicos sin duda alguna,

nos colocan en situación complicada:

debemos decidir urgentemente,

si seguir con este tinto, alegre a pesar de su etérea astringencia,

o levar anclas a bordo de un dulce o quizá de un oloroso;

de momento pido otra Gilda (siempre de anchoas),

y brindo por ti.

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Descosido 

Si ayer hubiéramos cogido ese vuelo a Córdoba – Argentina- ,

habríamos acabado con todo el vino de Mendoza ,

cerrado los bares de la calle Caseros,

Y tal vez follado la poesía

                                            de Borges y Pizarnik.

O ese billete barato a Fez

hamman, sudor y riad, por este orden, 

curioso espejismo éste, el del desierto del regateo, ¿verdad?

juégame a la ruleta,

                                           hoy gano seguro.

Vámonos de nuevo a Roma

Campo di Fiori, la Gran Belleza

                                            -fuiste-

dame otro beso y pide otro Spritz

ti voglio tanto, tesoro

                                          -Campari-

 

[Dakar, Chamberí, Taormina, Samarkanda

-soñé Bizancio tal vez]

 

Así que ahora toca, supongo,

coser las puntadas que nunca se dieron

gritar los silencios que una vez callamos

y saltar de alegría aguardando el momento

                             (aquel que por fin, será, precuela de sí mismo)

 

Es tarde (anochece ya),

la nostalgia es el arma.


Y ahora escucha, mi vida:

 

Que ojalá hubieras sido,

                     -Tú-

el roto,

              para mi descosido .

 

 

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Como si fuera fácil

Como si fuera fácil,

resetear en tu ombligo

las malditas congojas

que anidaban mi esencia.

 

Como si fuera posible

percibir los susurros

que resuenan mi estancia

de los días aún felices.

 

Como si aleatorio fuese

recordar tus mejillas

de miel y motas sembradas,

turbios anhelos.

 

Como si azaroso fuera

arrojarme en empeños

decidir el destino,

amanece en Oporto.

 

Y si aquello lo fuera,

y si fuera tan fácil.

 

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Tres segundos

La tía. Tenía los ojos más bonitos que sus tetas, y eso ya era mucho decir. Unos ojos verdes, iluminados, unos ojos como si vivieran permanentemente esperando una Noche de Reyes. Y sus tetas. Sus tetas. Hambrientas, delicadas, corteses, sencillas, desafiantes.

Alba, se llamaba Alba, no podía ser de otra forma. Lo habíamos pasado bien, habíamos bebido, bailado, tonteado, nos habíamos fumado – medio- porro, nos habíamos rozado las manos- dos veces. Alba me miró a los ojos- esos ojos- por primera vez en toda la noche. Amanecía. Yo había comprado una lata a un chino. Le ofrecí. No gracias, me dijeron sus labios. Encendió un cigarro, el humo se mezcló con la mañana incipiente. Observé cómo el humo ascendía. Me volvió a mirar. Me acerqué suavemente a su boca, carnosa, desigual, etérea. Uno, dos, tres segundos. Me retiró con suavidad. Sentí el sabor del humo, pero no me importó.

¿No te ha gustado?- pregunté casi pidiendo perdón por el arresto. Claro que me ha gustado. Pero no he sentido mariposas en el estómago, no sé cómo decirte. ¿Esperabas sentir mariposas en tres segundos de beso?-inquirí. Las mariposas son libres, no decido cuándo la oruga se convierte en mariposa. No me estarás llamando oruga, bromeé azorado.

Le di un trago a la lata. Me supo a rayos. La dejé en un banco. Sólo te estoy diciendo que tres segundos a veces son suficientes. El amargor de la cerveza se me juntó con el resto de amargores. Era ya de día. Hasta luego, me ha gustado mucho conocerte. Se dio la vuelta y se alejó. Se alejaron sus ojos, sus tetas, sus caderas y las mariposas. Se alejó todo. Bastaron tres segundos.

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Los Marcs y las Laias del mundo (Epílogo distópico)*

Si escribiéramos el título en catalán, esto sería algo así como els Marcs y las Laias del mon.  Porque todo el mundo da por hecho que Marc y Laia son catalanes. De Barcelona, quizá del barrio de Gracia, o el Raval, es igual. Pero bien pudieran ser valencianos, o mallorquines, o quizá no son de ningún sitio. No lo sabemos; nos da lo mismo. Marc y Laia quizá estén, todavía, acorronados en el colchón. Cercando lo imposible, aún sabiendo que – jamás, y quizá por eso- lo alcanzarán. Quizá Marc y Laia son en realidad una distopía. Puede que estén echando un polvo etílico al borde del abismo y del vergel, en las fronteras de lo común y la barbarie.  O jugando con sus hijos en el Cantábrico. O sintiendo lo mismo que la primera vez, sin las trincheras y sinsabores. Con la misma ilusión de un perro que salta de alegría al ver a su dueño aparecer por la puerta cada día, año tras año, sin excepción.

O con la certeza de los castillos que no necesitan ser asaltados para demostrar que las almenas siempre seguirán en pie.

Pásame la cerveza, Marc.

Laia se acuerda del Marc que le llevaba a casa en su Vespino. Del que tocaba el timbre para explicarle las matemáticas del Instituto después de clase. Del que le tentaba todo lo demás y le prometía entre risas -cómplices- que nunca iría más allá. Ajá. De lo que aprendió y de lo que vino. Del vino. De los fuegos, de los juegos. De los artificios, la universidad, las decepciones, del por favor, empótrame contra la pared. Del ya no te quiero, del te querré siempre. Del por ahí no. Del ya no te querré jamás. Del acurrúcate aquí.

 

(….)

 

Yo también te quiero, amor, se acuerda Marc. No sabes cuánto.

Claro. Nadie sabe cuánto, porque nadie sabe nada.

Del nunca te pasará nada a mi lado.

Especialmente se acuerda Marc, pasados los años,  del vino tinto y del sexo. De follar sin resuello,  de morder sin consenso. De abrazar sin mesura y joder sin pasado, de beber en ayunas. De robarle a la vida y de que –nadie – se diera cuenta. De la sonrisa en Portugal, del ronroneo del cierzo, de las cañas suicidas, y de los muslos tersos entreverados de flores aquel día en el Perrachica.

Me gustaba cuando tu carta de navegación apuntaba hacia el sur.

(….)

Ahora son dos seres remotos, dos eneros sin dueño, que se escriben, se espían, se desean, que se huyen. Dos amantes – la cama-  entre la niebla, desierta.

Son ahora Marc y Laia un apartamento en Torrevieja.

Ajados.

Altivos.

Decadentes.

Despreciables, infinitos.

Por fin, indestructibles.

*Final de la tetralogía de Marc y Laia. Para leer los anteriores, poned Marc o Laia en el buscador 😉 

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